Y se hizo el silencio…

Y se hizo el silencio…

Ignacio de la Infiesta – SJM Valencia

Ahí estábamos los cinco, después de tres días recorriendo la zona de Melilla y Nador. Atardecía y ahí estábamos, en silencio, al final de la valla que nos separaba. A la derecha un acantilado y la mar inmensa, enfrente nuestro, la maldita valla y entre esas dos estampas, un silencio que surgía espontaneo ante el absurdo, ante el dolor, ante el horror, ante la incomprensión.

Habíamos llegado desde diferentes instituciones que componen el SJM España, con el fin de retroceder unos pasos en la ruta migrante que realizan miles de personas huyendo del hambre, de la guerra o de persecuciones por razón de raza, orientación sexual o religión. En ese querer retroceder y entender esa ruta de dolor y dificultades, nos encontramos con mucha gente con la que colabora el SJM y que son auténticos seres humanos que no han cerrado ni sus ojos ni su corazón, ante el drama que viven miles. Nos reunimos, primero con Ana, abogada del SJM que lucha desde la trinchera de lo legal. Ahí nos explicó como uno de los principales problemas en Melilla, es que no se respetan los derechos y garantías de las personas migrantes y solicitantes de asilo. Ella, junto con Cristina, trata de apoyarlos y defenderlos, prestándoles asesoría.

Ya por la tarde, después de sumergirnos de nuevo en la cotidianidad de la ciudad, un detalle no escapó de mi vista y me dejó una gran lección. Al estar terminando de comer, dos chicos de aspecto magrebí vagaban cerca de la mesa donde estábamos. Los prejuicios llegaron a mi mente antes que los muchachos, seguro algo malo tramaban, pero lo que vi mientras me alejaba temeroso fue distinto. Ana sabía que eran niños de la calle y a escondidas del camarero, les alcanzó y dio los panes que se habían quedado en la mesa.

En Melilla no solo hay que ver, hay que mirar más allá de lo que se ve, más allá de todo prejuicio y cuando eso se hace, el corazón se mueve.

Visitamos a las hermanas del Inmaculado Corazón, quienes compartieron con nosotros su labor educativa y social en uno de los barrios populares y necesitados de Melilla, donde vive población de origen marroquí mayoritariamente. Discursos a un lado, delante de nosotros teníamos ese testimonio de diálogo interreligioso.

Esa noche, nos encontramos con Maite y José, un matrimonio que lucha por los derechos de los migrantes desde la trinchera de la denuncia y la asistencia. En este mundo hay personas que te enseñan sobre la humanidad y ellos lo volvieron a hacer. Esa noche volvieron a preparar los bocadillos para llevarlos a la escollera del puerto donde cada noche los esperan los niños de la calle. Ellos viven con la esperanza de marchar colándose en uno de los cuatro barcos que atracan en el puerto. Ahí estaba el escenario, los barcos luminosos, la ciudadela, y los niños, muchos de ellos drogados por el pegamento que esnifan tratando de huir de ahí. Dolor entre las risas, entre los empujones de los niños mientras tratan de comer un bocata, quizás el último en Melilla antes de llegar a España, quizás el último o quizás un bocata más antes de recibir una paliza por parte de algún policía y ser expulsados del puerto para volver a intentarlo al día siguiente.

En la visita al día siguiente a Nador, nos encontramos con Javi Montes SJ y el resto del equipo de la delegación. No pudimos subir al monte, pero escuchamos atentamente su testimonio, a veces no hace falta ver para sentir, basta con escuchar. Ahí, en Nador, los migrantes subsaharianos viven en condiciones infrahumanas, escondidos en los montes, temerosos de la gendarmería marroquí, que se encarga de hostigarlos y mandarlos al sur de Marruecos, lejos de la frontera. No disponen de techo, sanidad ni de los servicios básicos. Ahí esperan planeando los modos y medios para cruzar la frontera. Ignorados por la población, asediados, no solo por la policía, sino por la incertidumbre de quien no sabe que pasará, quien no tiene más motivación para vivir que la esperanza de que encontraran un lugar mejor donde poder tener una vida digna y en paz.

Poco a poco, al caminar, nos fuimos haciendo conscientes de la grave crisis humanitaria que clama al cielo. Las palabras empequeñecen los sentimientos y en la mirada de una de las mujeres que estaba ahí en acogida, recuperándose de las fracturas, se veía el horror de quien, estando embarazada e indefensa, recibe un porrazo de la policía por el simple hecho de ser migrante. Una vez más, mucho silencio, solo interrumpido por palabras de ánimo y por los lloros del bebe nacido.

Esa noche, volvimos por segunda ocasión a la escollera. Así como las olas seguían rompiendo en las rocas, los niños seguían apareciendo entre las sombras, buscando un bocadillo, encontrando también algo de cariño de los que formamos una familia dispersa.

En nuestro tercer día, asistimos para compartir el desayuno con las hermanas Apostólicas, quienes empezaron una comunidad hace un año con el objetivo de acompañar a las personas que pasan los días en el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes. Un testimonio de vida y entrega. Bajamos al puerto, ahí nos esperaba Ana junto con 10 migrantes con tarjeta roja de Asilo, se transgredieron sus derechos de libre circulación. Nos pidió que fuéramos testigos y nuevamente los papeles y las demandas serán las balas para lograr un mundo mejor para todos.

 

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